"La música es la verdadera libertad dentro o fuera de la prisión"(Video)

Fotos: Eduardo Flores/Agencia Andes

Santiago Aguilar Morán / @literatango

Quito, 15 may (Andes).- “Saliendo del hospital después de ver a mi mamá…”, canta Samuel de los Santos. El dominicano, que cumple una pena de ocho años, baja del escenario, saluda con sus 14 compañeros y se sienta. La canción Amor y Control de Rubén Blades queda atrás, los instrumentos se apagan. En torno a la Orquesta Inclusión, nombre de la banda en la que Samuel es la voz principal, la Policía tiende un cerco.

La Alianza Francesa es testigo de la presentación de la banda de los presos del Centro de Rehabilitación Social N.- 2 y de las reclusas de la Cárcel de Mujeres de Quito.

Si hay algo en lo que coinciden los privados de libertad es que la música es una terapia. Cada quien tiene una historia más difícil de sobrellevar que el otro: los hay que están condenados por intento de asesinato, por tráfico de estupefacientes, por peculado bancario, por violación. Hay quienes dicen ser inocentes y otros que reconocen su error.

Hablar con ellos es una experiencia que cuestiona el estigma que los condena cuando están esposados. Cuando Isabel Osorio cayó presa, hace seis meses, no cantaba sino en la ducha. A sus 26 años, la nostalgia ante la ausencia de sus padres la envuelve; al cantar Mamá, junto al coro Voces de Libertad, una lágrima brota de su rostro; la voz se le quiebra, pero hay que reponerse, como todos los días, y ella debe continuar.

En este acto, el Ministerio de Justicia de Ecuador presentó el DVD titulado Personas privadas de libertad. Encuentro Cultural, un Derecho Humano.  Para este proyecto la inversión fue de cerca de $ 100.000 y beneficia a cerca de 1.000 reclusos.

Klever Sellán, percusionista de la banda, es uno de los fundadores de la orquesta. Ahora es preliberado. Cuando estaba adentro tocaba el trombón y ahora es capacitador de la banda. Tiempo atrás, cuando tenía 9 años, él aprendió percusión; la trompeta, el trombón y el bajo los aprendió a tocar dentro de la prisión. La música, dice, es la verdadera libertad dentro o fuera de la prisión.

El estigma de los presos se desvanece al escucharlos cuando cantan o conversan. Las circunstancias de su cotidianidad, una mala decisión, un mal momento o un error los llevaron tras las rejas. Las voces de los prisioneros repiten que adentro consiguieron mejores amigos que afuera.

Después de treinta meses en la cárcel, el colombiano Juan David Uribe, cuenta que nunca tocó un bongó en su vida. El sistema de rehabilitación social del Ecuador permite que la pena reduzca a través de las actividades ocupacionales de los internos.

Juan David cuenta que cuando llegó escuchaba a la banda y se les arrimaba. Al ver que la persona que tocaba no era muy constante le pidió al profesor que le enseñara. Así acabó tocando. También estaba aprendiendo piano pero el instructor no volvió. Él participa en la radio de la prisión y hasta escribe versos heredados de su natal Antioquia:

Mala imagen tiene el preso

Y es muy estigmatizado

Sea culpable o inocente

Él debe ser bien tratado.

El polaco Christopher Krzecki está preso por narcotráfico. Sus aficiones musicales las ha trasladado a la banda: Gun’s and Roses, The Eagles y otras forman parte del repertorio que Krzecki incluye en la orquesta. Sus brazos tatuados, dice, esperan salir pronto para abrazar una nueva familia; de la que dejó cuando cayó preso no sabe nada.

El timbalero colombiano Jorge Ubaga sonríe cuando se le hace notar que lo descubrimos compartiendo el único plato con el que cuentan con el baterista. Él también aprendió a tocar dentro de la cárcel. Antes de caer en prisión, Jorge cursaba el cuarto semestre de ingeniería civil, en Colombia. Para él, la música es apoyo y desahogo en las horas difíciles que vive en prisión.

Si hay alguien que le da sabor a la orquesta, es el piano. Israel Granda está frente a este instrumento. Sentado en una de las sillas del teatro de la Alianza Francesa, toma una copa de vino que ofrecen los anfitriones, la sostiene con ambas manos, huele su contenido, lo prueba y sonríe.

Disfruta de ese momento y de la libertad de sus manos sobre el piano antes de que vengan las esposas y la prisión. Antes de que se le quiebre la voz, atina a decir que quiere salir pronto para abrazar a su hija.

Los reclusos se van. Aunque esposados, sonríen; el programa de rehabilitación a través de la música hace sus días menos grises y su futuro deseable. 

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