William Faulkner: ese hombre casado con una botella

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Quito, 06 jul (Télam).- William Faulkner era un hombre obstinado, un escritor que no cedió jamás a los imperativos mercantiles excepto cuando era contratado por los estudios de Hollywood, donde desfogaba su neurosis con rubias de plástico y aliviaba su pasivo, siempre activo, trabajando de sol a sol, incluso bajo los corrosivos efectos del whisky, la ginebra o el bourbon.

Decir que este hombre que consideraba a Ezra Pound y a T.S. Eliot como un par de snobs que no se animaron a soportar la dureza del medio oeste norteamericano, y que por eso emigraron a Europa, es un lugar común del mismo calibre que recordar su influencia sobre Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Juan José Saer o Patrick Modiano.

Faulkner -de quien el viernes se cumplen 50 años de su fallecimiento- parece más justo, porque de alguna manera él fue lo mejor del sur estadounidense, el hijo no reconocido de Mark Twain, el amigo de Sherwood Anderson, el Nobel de Literatura, el viajero siempre perdido, el lector de los textos sagrados (y de Joyce, Virginia Woolf y Proust): escritor a tiempo completo, y autor de al menos una idea extraordinaria.

¿Cuál es esa idea? La del territorio imaginario, reconocible en sus rasgos pero no exactos: Yoknapatawpha, que es la Santa María de Onetti, la Comala de Rulfo, el litoral de Saer, la periferia urbana francesa, sus habitantes y sus objetos: fijados por la lengua poética, exacta, de William Carlos Williams.

Alguna vez, el autor de "Santuario" dijo que "el arte no tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel".

"En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local".

"El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros".

Y además, "todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán `señor`. Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán `señor`. Y él podrá tutearse con los policías".

Porque "un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky".

¿Esa declaración de principios implica una teoría sobre la escritura? De ninguna manera. Pero sin caer en el 99% de trabajo y el mínimo de inspiración, la figura -canónica- de Faulkner es la de un capo lavoro que, encerrado en ese sur reaccionario, produce unas 35 carillas por día y de tanto en tanto se toma, contratado por la industria cinematográfica, unas vacaciones de su esposa y de la miseria económica que nunca dejará de acecharlo.

Por cierto, su pasión por las jovencitas se cruzaba con el scotch, pasiones compartidas con Dashiell Hammett y Francis Scott Fitzgerald. Sin embargo, se necesita algo más que cierta tendencia al consumo de alcohol para componer en poco más de diez años, al menos cinco novelas extraordinarias.

"El ruido y la furia", "Santuario", "Luz de agosto", "Absalon! Absalon!" y "Las palmeras salvajes", escritas entre 1928 y 1939, se consideran de lo mejor que la mente produjo en el siglo XX.

Como viajó a Estocolmo y recibió el Nobel no es un episodio cualquiera, tampoco el favoritismo que por el escritor sentía Howard Hawks, acaso el más importante de los realizadores estadounidenses, exceptuando, quizá, a John Cassavettes. Faulkner es una flor salvaje en ese desierto que nunca quiso abandonar.

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