Pintorescos personajes quiteños le dan vida y color a las mañanas del ciclopaseo (Video)

Fotos: Luis Astudillo/Andes.

Quito, 12 may (Andes).- La coordinación no es uno de mis puntos fuertes, pero esta vez, por instinto de supervivencia, tuve que regular mis movimientos. Utilizar una Tándem es como estar en un pequeño tractor y, aunque nunca he manejado uno, supongo que el grado de complicación es igual, o peor.

Pago los quince dólares que cuesta el alquiler por las cuatro horas de estas bicicletas dobles. Mi compañero de viaje está listo, con un casco azul y una gran mochila gris en su espalda. Él tiene más experiencia que yo, por lo que toma el liderazgo.

Llega el primer intento. Él ocupa la parte delantera de la bicicleta y espera que yo haga lo mismo en el asiento de atrás. Lo dudo un par de veces porque no tengo mucha confianza en aquel aparato, extraño para mí.

Una de las normas para el ciclista es verificar que la bicicleta sea del tamaño adecuado para evitar accidentes. Pero la Tándem es enorme, y yo ni si quiera tengo el control de la misma. Los frenos, las marchas y la visibilidad están en manos y ojos de mi compañero, quien decide a dónde ir. Yo tengo la miserable misión de pedalear y conformarme con mirar de lado a lado, pues adelante mío tengo una enorme mochila rozándome la nariz.

El paseo inicia al cuarto intento para tomar el control de la bicicleta. Mi compañero y yo logramos coordinar los movimientos y tomamos la pista del Ciclopaseo. El sol se levanta piadoso todos los domingos y, de 08:00 a 14:00 durante los últimos 9 años, las calles de Quito de norte a sur se cierran, ante la alegría de unos y el estrés de otros que tienen que buscar vías alternas para movilizarse en sus vehículos.

Nuestro tour empieza en la zona norte, en el sector de Parques del Recuerdo. Un arranque en zigzag marca nuestra partida ante la risa de los más madrugadores: una pareja que pasea a un pequeño perrito con un saco celeste que le impide caminar con comodidad. Ignoramos las burlas y avanzamos por el pavimento que descansa del flujo vehicular de la semana.

En mis domingos libres tengo la costumbre de ir al Ciclopaseo, un plan también de 40.000 quiteños que disfrutan del deporte y del aire libre en un espacio seguro. El de este domingo es diferente; obvio, estoy subida en una bicicleta extraña y soy el centro de atención de las miradas de los curiosos. Pero mi compañero y yo no somos los únicos “pintorescos” del paseo.

A la altura de la avenida Amazonas y El Inca, aún al norte, aparecen los primeros “personajes” que dan color a la ruta. Los ciclistas pasan de lado a lado, hombres y mujeres en patines se impulsan en alguna bicicleta que les da un “aventón”, caminantes van de la mano de su pareja o con la correa de sus mascotas, y corredores que esquivan a los más lentos.

Ellos forman parte del común denominador de los usuarios. Pasan una y otra vez. Pero tomo la cuenta que, de cada diez, uno tiene algo que lo diferencia.

Un perrito con gorra y gafas, subido en la canasta de una bicicleta, llama la atención de mi compañero, quien por mirar la pinta del animalito descuida el volante y hace tambalear la Tándem. Mi grito y una palmada en la cabeza le hicieron recordar que mi seguridad también dependía de sus movimientos.

Entre payasos, malabaristas, deportistas, perros de todas las razas, hombres, mujeres, niños, ancianos, disfruto de mi mañana de recorrido por el Ciclopaseo. La intención, en un principio, es llegar a la Morán Valverde, al sur de Quito, donde finaliza el recorrido de treinta kilómetros, pero -aunque mi jefe se entere al leer este texto que no cumplí con mi trabajo- debo confesar que recorrer las cuestas del Centro Histórico en una Tándem ya forma parte de mi lista de deportes extremos.

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