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"Abdalá Bucaram es un hábil político para llegar a la presidencia, pero en el cargo no hace nada"

Por: Luis Padilla Charpentier
Quito, 21 ago (Andes).- Se merece el adjetivo de “genio” por su inteligencia y el uso semántico de su voz, su talante, sus gestos… Un genio para llegar a la Presidencia a base de enamorar a un electorado marginal comiendo guatita, echándose agua en la cabeza, bailando tecnocumbia, desvistiéndose sobre la tarima, bajando del cielo en un helicóptero…
Así obtuvo un enorme apoyo electoral, pero una vez en la silla de Carondelet, era un hombre sin proyecto, sin ideología, sin tener nada que hacer ahí más que jugar fútbol mientras sus familiares y colaboradores desfalcaban al país.
Es el Abdalá Bucarám Ortíz que retrata el intelectual (político, historiador, cineasta, escritor) Pedro Saad Herrería: un capricho de elecciones, ultra competitivo, atleta y con una fijación por temas sexuales (marica, y todas sus acepciones es el peor insulto que lanza contra sus enemigos).
Con una idea de familia, que supera la afinidad de la sangre y la lleva al campo de la lucha, es también un hábil político capaz de convertirse en el mesías de un subproletariado marginado, ávido de esperanzas, de innumerables ofertas de campaña y grotescos gestos que lo llevaron al poder, y desde un punto de vista, también lo sacaron de ahí en 1997.
“15 años fuera del país es suficiente purga”, dice Pedro Saad, pero añade “soy la única persona que escribió un libro completo contra él”, se refiere al ensayo "La caída de Abdalá", publicado en 1997 por la Editorial El Conejo.
“Yo nunca estuve de acuerdo con Abdalá Bucaram, jamás vote por él soy la única persona que escribió un libro completo contra él. Quiero decir, sin embargo, que considero que 15 años de estar fuera del país son suficiente purga de culpa y pago de condena y creo que, sin que haya cambiado mi valoración, pues sigo estando contra él; se le debe permitir volver al Ecuador”, declara antes de comenzar una entrevista larga y afable en la que comparte una taza de café en su modesto apartamento del norte quiteño.
El agua bulle y dispone la mesa. La decoración de la morada del “turco”, como lo llmana sus amigos cercanos, son los centenares de libros en ruso y español que cubren dos paredes de la sala y del comedor. Su postura sobre el retorno de Bucaram sorprende al inicio, luego de dos horas de charla aclara un poco su posición, pues comenta que prefiere que vuelva, porque entonces se divertirá mucho con su presencia.
La diversión del intelectual surge de una lectura política que acude a la persistencia del Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE), del que Bucarám fue su fundador y ahora su hijo Abdalá Bucaram Pulley es director, que “no le otorgaba ninguna posibilidad”, pero sigue ahí, con votos y electorado, con la misma base política –los pobres- a la que supo sacar provecho.
Bucaram se vendió a la masa como el mesías de los pobres, un grupo que supera conceptos tradicionales de “pueblo” y “proeletariado”, porque aterriza en un país empobrecido para aupar al conglomerado. Se acerca a la gente que identifica como los pobres, los abraza, los besa, come con ellos… Usa ese concepto para alcanzar la presidencia.

Del proletariado, el pueblo y los Pobres de la patria
Un repaso breve: la presencia política de las bases define una posición en la que los sindicatos y luego el Partido Socialista, en la primera mitad del siglo 20, así como el comunismo, buscaron una base social en la que desenvolverse contra el conservadurismo y el liberalismo moderado que mantenía al Ecuador en poder de pocas manos.
Surgió la noción del trabajador asalariado, el obrero que se convierte en el proletariado, a semejanza de la Rusia de la revolución leninista o de los intentos anarquistas en Francia. Pero Ecuador –en términos políticos- no es un país de industrias y fábricas en ciudades crecientes. La modernidad decepcionó a muchos por su postergación.
Los trenes, las luces eléctricas, la salubridad… –aspiraciones alfaristas- no cambiaban todavía la otra realidad ecuatoriana de pequeños poblados, donde la iglesia ofrecía a las familias de abolengo un sustento ideológico para doblegar a los demás.
El pueblo, la chusma, el vulgo, fueron incorporándose a una época de surgimiento de caudillos populistas: Neptalí Bonifaz y sus encamisados y José María Velasco Ibarra eran los que encontraron esas “nuevas bases” y descubrieron que este país movilizaba a la ciudadanía encantada por sus ofertas de campaña, aun cuando sabían que no iban a cumplirse.
“La gente piensa que todos los políticos mienten, que hacen ofertas que no se cumplen, entonces creen que mientras más ofertas se hagan, más se van a cumplir”, explica Pedro Saad.
Recuerda que Velasco Ibarra señalaba con el dedo a la nada, como atendiendo a demonios; a continuación aleteaba los brazos como acudiendo a los ángeles y al final de su discurso extendía los brazos como Cristo en la cruz para terminar con la semántica de la pasión.
“Bucarám regresó en un helicóptero y bajó del cielo, cuando descendió corrió a encontrarse con la gente, se desvestía, entregaba la gorra, la chaqueta, los zapatos, en la tarima, cuando no tenía nada más se sacaba la camisa, era el símbolo de la entrega total”, analiza Pedro Saad.
Sin embargo, gozar de ese capital político no lo convertía en un líder, sino en un mesías. Nada logró una vez instalado en el poder; no cambió la realidad de la miseria ni redistribuyó la riqueza de los oligarcas, el concepto antagonista de los pobres de la patria. “No imagino a Bucaram haciendo frente a la integración regional, ni liderando en las citas internacionales”, señala Pedro Saad.
Este es Abdalá Bucaram:







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