Disfraces y personajes ocultos en las marchas en homenaje al Día del Trabajador

Fotos: Santiago Aguilar -Eduardo Flores/Agencia Andes.

Quito, 01 mayo (Andes).- En la puerta del cine Hollywood, conocido por sus eróticas proyecciones, metidos en medio de un agujero abierto en el centro de la acera, un grupo de tres trabajadores miraba el paso de la marcha del 1 de mayo.  Ellos no recuerdan el Día del Trabajador, lo viven.

Con su mirada atónita ante la multitud, estos obreros sonríen cuando ven pasar al grupo de teatreros del grupo Rompecandados, quienes con singulares disfraces imitan el antiguo accionar de la policía contra los manifestantes. Con una pala en la mano y sacándose por un momento su casco amarillo, uno de ellos salta del agujero para ver mejor la interpretación.

El otro, contagiado por el ritmo de los tambores que acompañan la actuación, aplaude. El tercero, adusto, impertérrito, se limita a mirar. Consultado por los danzarines por qué es apático, alcanza a decir “yo no tengo que disfrazarme para parecer obrero”, antes de seguir con la tarea que lo tiene lejos de su casa y de su familia en lo que algún despistado llama “feriado”.

La marcha sigue, incluso termina, pero su jornada no.

Lo singular de la existencia de dos marchas, ambas bajo el lema de “Viva el Primero de Mayo unitario”, confunde a más de uno. El caminante observador se fija en que una y otra tienen sindicalistas del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), del Partido Socialista, del Partido Comunista, entre otras organizaciones.

Mientras la marcha, cualquiera de las dos, continúa su recorrido por las calles del Centro Histórico de Quito, hay un grupo al que le es indiferente la masa humana que avanza; son espectadores casuales o habitantes de la zona que han visto desfilar año tras año a los obreros y quienes se disfrazan de ellos.

Los han visto pintar las paredes, dejar en el ambiente ese típico olor de la pintura en espray; los han oído cantar, a unos y otros, “Aprendimos a quererte, desde la histórica altura…”, cada quien agregando o quitando estrofas según su conveniencia inmediata.

Los ven pasar, reciben sus hojas volantes llenas de consignas y proclamas que, quizá, nadie ha visto materializarse. Los ven pasar y siguen con su tarea cotidiana: lustrando zapatos, cortando cabellos, vendiendo periódicos o simplemente barriendo los pórticos de sus casas.

Si hay un personaje que está haciendo de las suyas en la marcha, es un hombre disfrazado de periodista, quien con un micrófono enorme imita su labor y, si no es correspondido por el contertulio, empieza a golpearlo con el instrumento de su trabajo.

Los periodistas, por cierto, dueños de esa arrogancia que los hace sentirse por encima de todo, caminan entre la multitud, tratan de pasar desapercibidos, pero su ego, su indiferencia, los delata y ahí van ansiosos por una primicia en busca de su imitador.

Otrora represora y mal encarada, la Policía Nacional hace gala de sapiencia (¿paciencia?). Apostados en casi todas las esquinas del trayecto obrero, los gendarmes son fotografiados junto a teatreros que  los provocan con sus toletes de hule; que los imitan.

El grueso de la marcha convocada por el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) llega a la Plaza de San Francisco alrededor de las 11:00. Trescientos pasos hacia el norte, y una hora más tarde, llega la marcha de la Confederación de Trabajadores del Sector Público a la Plaza de la Independencia.

En medio de ambas, en esos trescientos metros de diferencia, un hombre ciego toca su acordeón acompañado de su hija, ajenos ambos a la contienda política o sobreviviéndola a su manera, apostados al pie de la Vicepresidencia.

En ese pequeñísimo tramo también está un niño y su mascota: él vende camisetas para perros mientras a su alrededor, como aplastándolo, surge la banda sonora de los discursos. 

Comentarios

Pues Si para muchas personas el día, del trabajador, sigue igual, si no se trabaja no se come, ojala las cosas cambiaran para todos. Encantadora redacción.
Adelante

Añadir nuevo comentario