Es activista por los derechos de los animales. Nació en Argentina y vive en España. Impulsó la abolición de las corridas de toros en Catalunya, España. En Ecuador, busca mejorar la condición de los que no tienen voz.
La Plaza del Centenario de Octubre: El Parque de Babel
Guayaquil, 27 de mayo (Andes).- Las cuatro cuadras donde se levanta el Parque o Plaza del Centenario de Octubre, no solo encierran la historia de los héroes de la Independencia de Guayaquil sino memorias diarias de gente sencilla que lucha por vivir y otros que viven para morir lentamente en el agujero negro de la marihuana, la cocaína, el cemento de contacto y el alcohol.
En la base de la columna de los próceres, cuya construcción comenzó en 1891 y terminó 1918, los monumentos de los héroes libertarios del 9 de Octubre de 1820, José Joaquín de Olmedo, José de Villamil, José de Antepara y León de Febres Cordero, son mudos testigos del discurso del predicador evangélico, del pregonar del vendedor ambulante, del insulto del fumón de barrio, de los cuentos del tinterillo, de las estrategias del abogado, de las transacciones de la prostituta, del llanto del alcohólico, del triste canto del lagartero, de las propuestas indecorosas del marica de turno, del esfuerzo del betunero, de los reportes periodísticos al aire libre, del chiste agrio del payaso, de la calidad histriónica del actor de la calle, de la técnica del sobador, entre otras estampas marginales del Guayaquil profundo que vive oculto, pero que está ahí como vicios del lento caminar hacia el desarrollo.
“No me tomes fotos hijo de p… si lo sigues haciendo te rompo la cámara… lárgate”, advierte un hombre robusto y mal encarado que fuma marihuana en el ala noroeste del parque, junto a su gavilla. Todo esto ocurre a treinta metros de la puerta de ingreso a la plaza, zona llamada Montañita y que da hacia la intersección de la avenida 9 de Octubre y Pedro Moncayo, diagonal a la Corte Provincial de Justicia. En el sitio, periódicamente desaparecen las varillas de las bancas, pese a la atenta mirada de Poseidón, quien acostado domina una serpiente que se enreda en su brazo derecho levantado, pero que no logra evitar los hurtos que se dan en la zona.
A pocos pasos del olor a hierba que quita o despierta el hambre, una ardilla juega y se mezcla con los pasajeros que descansan en una de las 120 bancas de hierro forjado que adornan la explanada. “La ardillita es sociable, anda por todo el parque. Baja de los árboles para pedir pan o galletas. Turísticamente es un atractivo”, refiere Gregorio Quintana.
Las iguanas, no muy sociables como los antes nombrados roedores, andan orondas de un lado a otro. Ellas también se han acostumbrado a las sobras que dejan los marchantes, quienes diariamente se fotografían en el sitio, mientras se refrescan tomando gaseosa helada a 10 centavos el vaso de plástico.
Del otro lado hacia el noreste, camino al río Guayas, dos caballos y sus guías desnudos adornan el portón hacia la calle Lorenzo de Garaycoa. “Este es el lado más tranquilo de la plaza. Aquí se reúnen lectores y parejas de enamorados. Podemos ofrecer lo que vendemos con tranquilidad sin salir de los perímetros del parque”, sostiene anónimamente una mujer de 58 años, de los cuales 30 los ha pasado vendiendo agua y colas en el sitio. El esfuerzo diario le permite alimentar a sus cuatro hijos y pagar el alquiler de una casa en el cantón Durán.
Lentamente, la vendedora ambulante se aleja del micrófono e inmediatamente es abordaba por otras personas dedicadas a la misma actividad, quienes la increparon sin escucharla, solo por haber hablado con un medio de comunicación. El temor radica en la obligatoriedad de permanecer anónimos en su actividad comercial dentro del parque. Según otra mujer que vende golosinas, policías Metropolitanos y guardias de seguridad los dejan laborar en zona regenerada siempre y cuando no ensucien el perímetro del cual tampoco deben salir.
Al fondo, en el ala sureste de la Plaza Centenario, Ricardo Prado, el último guitarrista del cantante popular guayaquileño Julio Jaramillo Laurido, canta. “Esta noche tengo ganas de buscarla… de olvidar lo que ha pasado y personarla… ya no me importa el que dirán ni las cosas que hablaran, total la gente siempre habla”, tararea Prado, de 53 años, acompañado por otros profesionales de la guitarra. El hombre pide respeto a la memoria de JJ. Cree que la imagen de mujeriego y bohemio del Ruiseñor de América no es tan real. “Eso daña su imagen”, refiere, junto a sus amigos de tragos.
Cerca del improvisado escenario de guitarristas y cantantes bohemios está la Unidad de Policía Comunitaria (UPC) Centenario, la cual cuenta con nueve policías para cuidar no solo el parque sino el subcircuito del mismo nombre en tres turnos. “Aquí los delitos que más se dan son el robo a personas y a locales comerciales”, reconoce el teniente coronel Christian Rueda, jefe del Distrito 9 de Octubre, sin mostrar cifras. El consumo de estupefacientes en la zona de la glorieta también es aceptada por Rueda, quien culpa del problema a los indigentes o vagos de la zona. “Como son consumidores se los saca, pero en un descuido vuelven”, refiere.
Más atrás, saliendo hacia donde se unen las calles Vélez y 6 de Marzo, se ubica el fotógrafo más antiguo del lugar. Rubén Darío Vásconez Zambrano. El Gringo como le llaman ya no usa la vieja cámara de caja. Una digital la “mató”. El fotógrafo de 81 años, vive en Durán y todos los días se ubica en el Parque Centenario para retratar rostros pasajeros. El oficio lo realiza desde hace 43 años, bajo una temperatura infernal que tostó y cuarteó su piel. No piensa en jubilarse. “Solo muerto dejo de venir”, sentencia. Creció con la Plazoleta que huele a historia y distintas jergas populares que la convierten en una verdadera Torre de Babel guayaca.







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